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SUBE EL PAN, BAJA LA VIDA, LA BATALLA DIARIA DE LAS FAMILIAS BOLIVIANAS

diciembre 1, 2025

En Bolivia, el pan nunca ha sido solo pan. Ha sido historia, refugio, desayuno de emergencia, merienda improvisada, salvavidas en tiempos de crisis y compañía silenciosa en miles de hogares donde la pobreza se vuelve rutina. El pan de batalla —ese pan crujiente, humilde y cotidiano— es parte de la identidad del país, especialmente del occidente, donde se ha convertido en la base alimentaria de millones de familias.
Por eso, cuando el precio sube, no solo se altera la economía: se altera la vida.

Imagen creada por IA

Estas semanas, el anuncio del gobierno de Rodrigo Paz sobre el retiro de la subvención a la harina encendió las alarmas. De inmediato, los sindicatos de panificadores advirtieron que el precio debía ajustarse. Y así, lo que durante años costó 50 centavos, ahora sube a 80 centavos, marcando uno de los aumentos más significativos en tres décadas.
Las calles, los mercados y las redes sociales se llenaron de preocupación. No porque el pan sea un lujo, sino porque es lo contrario: es lo indispensable.

Bolivia ha atravesado distintas crisis económicas, pero el pan siempre se mantuvo como una especie de pacto no escrito: mientras haya pan, hay un mínimo de seguridad alimentaria. Para miles de familias, especialmente en La Paz, El Alto, Oruro y Potosí, la ración diaria se compone de pan, té, api, tojorí o lo que alcance. Cuando el presupuesto escasea, cuando la carne es un sueño semanal y la fruta un lujo ocasional, el pan garantiza que los niños no se vayan a la escuela con el estómago vacío.

Hace treinta años, un pan costaba 20 centavos.
Después, se estabilizó por un largo tiempo en los 50 centavos.
Hoy, sube a 80 centavos, y aunque a simple vista 30 centavos podrían parecer poco, en un país donde una familia puede consumir más de 10 panes al día, el impacto se multiplica. Y en zonas de alta pobreza, donde el ingreso familiar es irregular o mínimo, este ajuste no es menor: significa elegir entre pan o transporte, entre pan o gas, entre pan o útiles escolares.

Este aumento desnuda una realidad que Bolivia intenta ignorar:
la seguridad alimentaria es frágil. Muy frágil.

Ilustración de cecasem

Cuando se analiza desde lejos, parece un tema económico. Pero desde cerca, desde una casa en la zona Periférica de La Paz, desde un cuarto de alquiler en El Alto, desde una comunidad del altiplano donde la tierra ya no rinde como antes, el pan es el único alimento que no falla. Levanta el ánimo, calma el hambre, llena el vacío, aguanta días sin perder su función. El pan es la primera defensa contra la pobreza.

Por eso, no sorprende que la gente recuerde con nostalgia los tiempos cuando el pan valía 20 centavos. No porque el país fuera más próspero, sino porque la vida era menos cara y la esperanza costaba menos. En esos recuerdos también hay un golpe emocional: el aumento del pan significa que algo profundo se está rompiendo en el tejido social.

La eliminación de la subvención a la harina tiene argumentos técnicos, fiscales y estructurales. Pero los alimentos esenciales no se explican con cifras, se explican con vidas. Subir el precio del pan es un recordatorio de lo vulnerables que son las familias bolivianas, y de cómo una decisión económica puede desencadenar una cadena de efectos que impactan directamente en la nutrición, el desarrollo infantil y la salud comunitaria.

El pan forma parte de la cultura boliviana: está en las meriendas escolares, en las ferias, en las casas campesinas donde se acompaña con queso fresco, en las mesas alteñas donde se comparte con api morado, en las madrugadas paceñas donde es el consuelo después de una jornada dura. Y es, sobre todo, el alimento que mantiene en pie a quienes viven con menos.

imagen generada con IA

El aumento del precio del pan, entonces, es un llamado de atención sobre algo más grande: la seguridad alimentaria está en riesgo, y con ella, el bienestar de miles de niños y niñas que dependen de uno o dos panes al día para crecer.

Desde Cecasem, lo miramos con preocupación porque trabajamos en comunidades donde el pan no es un complemento: es la base de la dieta diaria. Y cuando el pan se encarece, lo hace también la pobreza.
En el Beni, en la Amazonía, en la Chiquitanía, en los Andes y en las ciudades, sabemos que el hambre no espera a que el Estado encuentre soluciones. Por eso este momento exige sensibilidad, planificación y políticas integrales que garanticen el derecho a la alimentación, especialmente para quienes hoy están más expuestos a la desigualdad.

El pan nos recuerda que ningún país puede hablar de desarrollo mientras su gente cuente monedas para poder desayunar.
Bolivia debe proteger a las familias más vulnerables y entender que la inflación alimentaria no es solo un indicador económico, es un indicador humano.

El pan es más que pan.
Es historia, subsistencia, cultura y resistencia.
Y cuando el pan ya no alcanza, lo que falta no es solo alimento: falta justicia social.

Por: Brian C. Dalenz Cortez


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