En Bolivia, donde la educación se proclama como derecho universal y la interculturalidad figura en la Constitución como orgullo nacional, existen comunidades que todavía aprende entre la selva y el silencio. Son los Tsimane, habitantes ancestrales del Beni, que sobreviven a la indiferencia del Estado y a las distancias que separan la promesa del acceso real a la educación.

Según el Censo de 2024, la población Tsimane alcanzaba 22 343 personas, distribuidas en 90 comunidades dispersas a lo largo de los ríos Maniquí, Apere y Quiquibey. Muchas de estas aldeas solo son accesibles por vía fluvial o a pie tras días de camino. En esa geografía de aislamiento, las escuelas, los médicos y las carreteras son presencias esporádicas.
Dos tercios de las aldeas Tsimane contaban con escuelas primarias bilingües hacia 2002, pero esa cifra, que podría interpretarse como un avance, encubre otra realidad: las comunidades más remotas continúan sin aulas, sin maestros y sin materiales. Allí, el derecho a la educación se diluye entre el barro, las inundaciones y la falta de políticas sostenidas.
En algunos periodos, solo el 50 % de niñas y niños Tsimane asistía a la escuela, de acuerdo con datos del Sustainable Development Goals Fund. Las causas son múltiples: largas distancias, ausencia de transporte, precariedad en la infraestructura, y una economía familiar que obliga a niñas y niños a contribuir en la pesca, la caza o el trabajo agrícola antes que en el estudio.
A todo ello se suma un dato alarmante: más de la mitad de niñas y niños menores de nueve años sufre retraso en el crecimiento, según un estudio de Northwestern Scholars. La desnutrición afecta su desarrollo cognitivo y emocional, y convierte cada jornada de clases —cuando la hay— en un esfuerzo que se libra con el estómago vacío.
La alfabetización en español varía según la distancia a los centros urbanos. Niñas y niños de comunidades próximas a San Borja adquieren el castellano con cierta fluidez, pero en las aldeas más apartadas predomina el monolingüismo Tsimane. La educación bilingüe, en teoría diseñada para fortalecer su identidad cultural, enfrenta deficiencias estructurales: falta de maestros capacitados, materiales insuficientes y una visión pedagógica que rara vez integra la cosmovisión indígena en los contenidos.

Las niñas Tsimane, además, viven una exclusión doble. Los roles de género tradicionales aún limitan su asistencia escolar. Algunas familias priorizan la educación de los varones, mientras ellas permanecen en casa cuidando a sus hermanos menores o ayudando en tareas domésticas. La escuela, para muchas, se convierte en un sueño breve interrumpido por uniones tempranas o la maternidad.
Sin embargo, donde el Estado no llega, la comunidad resiste. En los márgenes del río Maniquí, los mayores enseñan a los más pequeños a orientarse en el monte, a cultivar, a respetar los ciclos del agua y de la tierra. Es una educación ancestral que les ha permitido sobrevivir durante siglos, pero que hoy necesita complementarse con conocimientos que el mundo moderno exige.
Si se toma como referencia el crecimiento poblacional y la cobertura estimada, al menos 2.500 niños y niñas Tsimane siguen fuera del sistema educativo formal. Son los que no aparecen en las estadísticas, los que aprenden a leer el bosque antes que los libros, los que crecen sin saber si algún día un maestro llegará a su comunidad.
La educación, en su caso, no solo es un derecho pendiente; es una forma de supervivencia. Sin ella, el aislamiento se perpetúa, la pobreza se hereda y la voz de un pueblo entero corre el riesgo de extinguirse bajo el peso de la modernidad ajena.
Bolivia se define como Estado Plurinacional, pero la plurinacionalidad no se decreta: se construye. Y se construye garantizando que cada niño y niña, sin importar su lengua, tenga un aula que no se inunde y un maestro que no se rinda.
A orillas del rio Maniquí, los Tsimane siguen esperando. No piden caridad ni discursos, solo presencia. Porque cuando un pueblo enseña a resistir sin escuelas, la deuda del país no es solo educativa: es moral.
Campaña Corazones Unidos “Esta navidad, un corazón unido regala futuro”
En las comunidades Tsimanes, la desigualdad se mide en lápices. Mientras en las ciudades los estudiantes eligen entre cuadernos de colores y mochilas de moda, en las comunidades Tsimane el sueño más simple —tener un cuaderno y un bolígrafo— se convierte en un lujo.

Por eso, la campaña “Corazones Unidos: Esta Navidad, un corazón unido regala futuro” nace como un llamado urgente a la empatía. No se trata de caridad, sino de justicia. De tender la mano para que 400 estudiantes Tsimane comiencen el año escolar con los materiales básicos que les permitan continuar su aprendizaje. De regalar sonrisas a 1.500 niños y niñas con un juguete en Navidad. Y de compartir un refrigerio solidario con 3.500 personas, porque la educación también se nutre de comunidad.
El propósito es claro: que cada lápiz, cada juguete y cada alimento llegue a quienes más lo necesitan. Que esta Navidad no sea solo una fecha en el calendario, sino un acto de unión y compromiso con un futuro posible.

Los Tsimane no piden compasión; piden oportunidades. En cada niña y niño que aprende a escribir su nombre en español y en tsimane, hay una historia de resistencia. En cada maestro que enseña bajo la lluvia, una lección de dignidad. Y en cada persona que decide unirse a esta campaña, una chispa de esperanza que transforma la realidad.
Porque educar es el acto más poderoso de amor y justicia. Y esta Navidad, Bolivia tiene la oportunidad de escribir junto a los Tsimane una nueva historia: una historia de corazones unidos que no solo regalan futuro, sino también dignidad.
Por: Yoshelyn Ruiz Soleto - Comunicación

