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LOS HIJOS DE LA CRISIS, CRECER EN BOLIVIA EN MEDIO DEL DESGASTE SOCIAL

mayo 25, 2026

Bolivia atraviesa uno de los periodos de mayor tensión acumulada de los últimos años. La crisis ya no puede entenderse únicamente desde el combustible, la inflación, los bloqueos o la confrontación política. Existe otra dimensión mucho más silenciosa y menos discutida: el impacto que este deterioro sostenido está dejando sobre niñas, niños y adolescentes que crecen en medio de incertidumbre permanente.

Durante la última década, la conflictividad social dejó de ser episódica para convertirse en parte estructural de la vida cotidiana. Paros, enfrentamientos, escasez, incendios forestales, crisis sanitarias, polarización política y deterioro económico comenzaron a formar parte del entorno habitual de millones de familias bolivianas. La consecuencia más preocupante es que una generación completa está aprendiendo a vivir dentro de la inestabilidad como si fuese una condición normal del país.

Imagen generada por IA

El problema no es menor. Diversos organismos internacionales han advertido que la exposición prolongada de menores de edad a contextos de violencia, estrés económico y conflictividad social afecta directamente su desarrollo emocional, cognitivo y psicológico. UNICEF alertó en distintos informes regionales que la ansiedad, la incertidumbre y la precarización sostenida del entorno familiar incrementan riesgos de depresión, abandono escolar, violencia intrafamiliar y deterioro de la salud mental infantil.

En Bolivia, esos factores comenzaron a acumularse simultáneamente. La crisis económica golpea primero a los hogares más vulnerables y dentro de ellos, a la niñez. El aumento sostenido del costo de vida durante los últimos meses redujo la capacidad alimentaria de miles de familias. En ciudades como La Paz, Cochabamba y El Alto, los recientes bloqueos y problemas de abastecimiento provocaron incrementos abruptos en productos básicos como carne, pollo, huevo, frutas y verduras. Para muchos hogares, esto significa reducir proteínas, modificar dietas o limitar comidas diarias.

La inseguridad alimentaria no siempre se manifiesta con hambre extrema. Muchas veces aparece de forma progresiva: alimentos menos nutritivos, porciones reducidas o familias priorizando la alimentación de algunos integrantes sobre otros. Según la FAO, la estabilidad alimentaria depende no solo de la existencia de productos, sino de la posibilidad real de acceder a ellos de manera continua y suficiente. Cuando los precios se vuelven inaccesibles o el abastecimiento se vuelve irregular, la afectación comienza antes de que las cifras oficiales la registren.

A ello se suma otro problema estructural: la violencia. Bolivia continúa registrando niveles alarmantes de violencia contra mujeres, niñas y adolescentes. Los reportes de la Fiscalía General del Estado muestran cada año miles de denuncias por abuso sexual infantil, violencia intrafamiliar y delitos relacionados con menores de edad. Paralelamente, los feminicidios siguen ocupando espacio constante en la agenda nacional (más de 30 en lo que va del año).

El impacto de esa violencia no se limita a las víctimas directas. También afecta a quienes crecen observándola como parte cotidiana de la realidad. Psicólogos infantiles y especialistas en salud mental advierten que la exposición constante a entornos violentos altera patrones de conducta, incrementa ansiedad y normaliza relaciones basadas en agresión o miedo.

En Bolivia, la violencia dejó de ser una noticia aislada para convertirse en un componente permanente del entorno social. La situación adquiere características todavía más complejas en áreas rurales e indígenas. Mientras en las ciudades el deterioro se expresa mediante inflación, conflictividad y agotamiento económico, en muchas regiones alejadas la infancia enfrenta además abandono estatal histórico. Existen comunidades donde niños deben recorrer largas distancias para acceder a educación o atención médica, regiones amazónicas donde el humo de incendios forestales afecta la salud respiratoria durante semanas y territorios indígenas donde la contaminación minera continúa poniendo en riesgo fuentes de agua y alimentación.

Según datos de organismos internacionales, como UNICEF y CEPAL, la pobreza multidimensional infantil continúa afectando de forma desproporcionada a población rural e indígena en América Latina, especialmente en acceso a salud, educación, conectividad y protección social. Bolivia no escapa a esa realidad.

El deterioro económico y la incertidumbre política también comienzan a reflejarse en adolescentes y jóvenes. Cada vez es más frecuente encontrar discursos marcados por desesperanza, frustración o migración como única expectativa de futuro. Universitarios, bachilleres y jóvenes profesionales hablan abiertamente de abandonar el país frente a la falta de estabilidad económica y perspectivas laborales.

Desde la mirada de Cecasem, el país necesita discutir la situación de la infancia y adolescencia más allá de campañas institucionales o discursos coyunturales. La protección infantil no puede reducirse únicamente a políticas de emergencia ni limitarse a reaccionar después de cada crisis. El contexto actual exige medidas estructurales vinculadas a seguridad alimentaria, salud mental, acceso a educación, fortalecimiento familiar y protección territorial de comunidades vulnerables.

Bolivia ingresó hace años en una dinámica donde la confrontación política condiciona prácticamente todos los ámbitos de la vida pública. Sin embargo, pocas veces se analiza qué significa crecer dentro de ese escenario desde la perspectiva de la niñez. Niñas y niños que viven viendo violencia en medios, escuchando discursos de odio, enfrentando incertidumbre económica o normalizando crisis sucesivas terminan desarrollando su identidad dentro de un entorno profundamente desgastado.

La normalización del deterioro es quizás uno de los aspectos más preocupantes. El país comenzó a acostumbrarse a convivir con bloqueos prolongados, violencia contra mujeres, crisis institucionales, incendios, precarización económica y tensión social constante. El riesgo de esa costumbre es que lentamente también se naturalice el impacto que todo ello tiene sobre las nuevas generaciones.

La discusión de fondo ya no debería limitarse a cuánto dura una crisis política o cuánto suben los precios de los alimentos. La pregunta más importante es qué tipo de sociedad está formando Bolivia bajo estas condiciones de desgaste continuo.

La infancia que hoy crece en medio de incertidumbre, violencia y precariedad será la adultez que sostendrá al país dentro de algunos años.

Por: Brian C. Dalenz Cortez


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