LA DECISIÓN DE LA ONU QUE CAMBIA LA FORMA EN QUE VEMOS EL PLANETA
Durante generaciones aprendimos geografía mirando un mapa en el que Groenlandia parece casi tan grande como África y los territorios del norte ocupan una parte enorme del planeta. El 4 de septiembre, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó una resolución para promover representaciones cartográficas que respeten mejor el tamaño relativo de los continentes. La decisión no modifica fronteras ni obliga a Bolivia a cambiar sus mapas, pero reabre una discusión fascinante: ¿el mundo que aprendimos a mirar estaba realmente bien representado?
LA PAZ.- El mapa del mundo que conocemos es tan familiar que pocas veces nos detenemos a cuestionarlo. África ocupa el centro, Sudamérica se extiende hacia el sur, Rusia domina buena parte de la franja superior y Groenlandia aparece como una enorme masa blanca comparable, a simple vista, con algunos de los continentes. Hay solamente un problema: esas proporciones no son reales.
África tiene alrededor de 30 millones de kilómetros cuadrados. Groenlandia, poco más de dos millones. Esto significa que África es aproximadamente 14 veces más grande, aunque en uno de los mapas más utilizados durante generaciones ambas puedan parecer de tamaños sorprendentemente similares. La distorsión no acaba allí. Canadá, Rusia, Europa y otras regiones alejadas del ecuador también aparecen considerablemente agrandadas en comparación con territorios situados en latitudes más bajas.

El planeta siempre tuvo las mismas dimensiones. Lo que está deformado es el papel sobre el que intentamos representarlo. La discusión adquirió una dimensión internacional el pasado 4 de septiembre, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, con 164 votos a favor, seis abstenciones y un voto en contra, la resolución denominada Correct the Map, impulsada por Togo en representación del Grupo Africano. Estados Unidos fue el único país que votó en contra.
Pero detrás de los titulares que hablan de un “nuevo mapa del mundo” existe una historia bastante más interesante. Durante siglos, buena parte de la humanidad ha construido su imagen mental del planeta a partir de la proyección de Mercator, creada por el cartógrafo Gerardus Mercator en 1569. No era un mal mapa. Al contrario, fue una herramienta extraordinariamente útil para su época.
Mercator intentaba resolver un problema de navegación. Su proyección permitía representar determinados rumbos mediante líneas rectas y conservar los ángulos, una característica especialmente valiosa para quienes navegaban grandes distancias por los océanos.
El inconveniente apareció cuando una herramienta diseñada principalmente para navegar terminó convirtiéndose también en una de las imágenes más reconocibles del mundo. Para entender el problema basta intentar algo aparentemente sencillo: tomar la cáscara de una naranja y extenderla completamente sobre una mesa sin romperla, estirarla ni deformarla. Es imposible.
Nuestro planeta tiene una superficie curva y los mapas que utilizamos en libros, paredes y pantallas son planos. Al trasladar una superficie tridimensional a dos dimensiones necesariamente habrá que sacrificar alguna propiedad: tamaño, forma, distancia, dirección o una combinación de ellas.
Mercator preserva muy bien determinadas características, pero distorsiona progresivamente las superficies cuanto más nos alejamos del ecuador. De ahí que territorios próximos a los polos aparezcan mucho mayores de lo que realmente son. No porque Mercator hubiera diseñado deliberadamente su mapa para empequeñecer al continente africano —esa explicación sería históricamente simplista—, sino porque una solución matemática creada para navegación terminó utilizándose durante siglos para propósitos completamente diferentes: educación, medios de comunicación, atlas y representación general del planeta.
La propia resolución de Naciones Unidas reconoce esta diferencia y no condena la proyección de Mercator ni pretende eliminarla de aquellos usos para los que continúa siendo adecuada. La Asamblea General no declaró que exista un único “mapa verdadero” ni ordenó retirar inmediatamente todos los mapas de Mercator. La resolución es no vinculante. Es decir, no obliga jurídicamente a los Estados a sustituir sus mapas.
Lo que hace es alentar a los países, instituciones educativas, organismos internacionales, medios y otros actores a utilizar, cuando el objetivo sea comparar las dimensiones de los territorios, proyecciones cartográficas que preserven mejor sus áreas relativas. Entre ellas aparece Equal Earth, desarrollada en 2018 precisamente para representar las superficies terrestres proporcionalmente y, al mismo tiempo, mantener una apariencia reconocible del planeta.
La iniciativa fue liderada por Togo y respaldada por el Grupo Africano en Naciones Unidas. Su argumento trasciende la cartografía: si generaciones enteras han aprendido geografía mediante una representación que visualmente magnifica determinadas regiones y reduce otras, esa imagen puede influir también en nuestra percepción sobre la importancia relativa de distintas partes del mundo.
La Unión Africana ya había respaldado públicamente esta discusión. Sus representantes sostienen que la representación reducida de África contribuyó históricamente a una percepción equivocada sobre la verdadera dimensión del continente.

La resolución, sin embargo, establece una frontera importante: no modifica fronteras, soberanía ni derechos territoriales. Tampoco determina cómo deben resolverse territorios en disputa. Diferentes delegaciones hicieron explícita esta interpretación durante la votación. En otras palabras, África no creció el 4 de septiembre. El mapa comenzó a discutirse.
Para Bolivia, las consecuencias inmediatas de la resolución son mucho menos dramáticas de lo que algunos titulares podrían hacer pensar. Bolivia no cambia de tamaño, no cambia sus fronteras y tampoco tiene que modificar obligatoriamente sus mapas oficiales.
La resolución de la Asamblea General no es vinculante y se concentra en la representación proporcional de las masas terrestres. Por tanto, no modifica límites internacionales ni afecta las controversias fronterizas o marítimas de ningún Estado. Tampoco significa que mañana los mapas utilizados en colegios bolivianos tengan que ser reemplazados. Donde sí puede producirse un efecto a largo plazo es en la educación geográfica.
Bolivia se encuentra aproximadamente entre los 10 y 23 grados de latitud sur, relativamente cerca del ecuador. Eso significa que la deformación que Mercator produce sobre su territorio es mucho menor que la que experimentan lugares situados en latitudes muy altas.
Una estimación cartográfica sitúa la superficie terrestre de Bolivia alrededor de 1,09 millones de kilómetros cuadrados y calcula que, en Mercator, su área visual se magnifica aproximadamente un 9 %. En una proyección equivalente como Equal Earth, por definición, las superficies mantienen su proporcionalidad. Por eso Bolivia no es uno de los países más deformados individualmente por Mercator. La diferencia aparece cuando comenzamos a compararnos con otras regiones.
Rusia, Canadá, Groenlandia y el norte de Europa se encuentran mucho más lejos del ecuador y, por tanto, su superficie resulta visualmente magnificada con mayor intensidad. Bolivia y buena parte de Sudamérica no sufren una exageración comparable.
Así, adoptar mapas de áreas equivalentes no haría que Bolivia “crezca”, pero sí podría modificar nuestra percepción sobre cuánto representa realmente Sudamérica frente a otras regiones del planeta.
Un estudiante que aprende geografía mediante un mapa de áreas equivalentes puede comprender mejor la verdadera relación territorial entre África, Europa, América del Sur, América del Norte y Asia sin confundir el tamaño dibujado por una determinada proyección con el tamaño físico real.
El error sería afirmar que Mercator es un mapa falso. Los mapas no son fotografías del planeta: son modelos matemáticos. Y ninguna representación plana de toda la Tierra puede conservar simultáneamente y de manera perfecta las áreas, formas, distancias y direcciones.
Equal Earth resuelve mejor un problema y sacrifica precisión en otras propiedades. Mercator hace exactamente lo contrario con algunas de ellas. Por eso la discusión abierta en Naciones Unidas no debería terminar en una guerra entre un mapa “malo” y otro “correcto”. La pregunta científicamente más interesante es para qué queremos utilizar un mapa.
Si necesitamos determinadas propiedades para navegación, Mercator conserva ventajas que explican su importancia histórica. Si queremos enseñar cuánto mide África en comparación con Groenlandia o Sudamérica frente a Europa, una proyección de áreas equivalentes ofrece una representación mucho más adecuada. Ese pequeño cambio de perspectiva explica por qué una discusión aparentemente técnica terminó llegando hasta la Asamblea General de Naciones Unidas.
Durante más de cuatro siglos, millones de personas observaron el planeta mediante una herramienta extraordinaria creada originalmente para ayudar a navegar los océanos. Con el tiempo, aquella herramienta se volvió tan familiar que dejamos de verla como una proyección y comenzamos a verla simplemente como “el mundo”.
La resolución aprobada el 4 de septiembre no redibuja países, no mueve fronteras y no obliga a Bolivia a adoptar inmediatamente un nuevo mapa. Tampoco convierte a Equal Earth en una representación perfecta. Hace algo bastante más sencillo: nos recuerda que un mapa no es el territorio, sino una manera de representarlo.
Bolivia seguirá teniendo aproximadamente 1,1 millones de kilómetros cuadrados. África seguirá siendo unas 14 veces mayor que Groenlandia. Rusia seguirá ocupando el mismo territorio y Sudamérica permanecerá exactamente donde siempre estuvo.
Nada de eso cambió con la votación de Naciones Unidas. El mundo no cambió de tamaño. Lo que está cambiando es la forma en que elegimos mirarlo.
Por: Brian C. Dalenz Cortez

