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EL DERECHO A VIVIR EN FAMILIA, LA REALIDAD DE LA NIÑEZ EN BOLIVIA

abril 13, 2026

El avance de una nueva propuesta normativa orientada a garantizar que niñas, niños y adolescentes crezcan en un entorno familiar vuelve a colocar en agenda un tema que Bolivia no ha logrado resolver de fondo: el abandono infantil y la fragilidad de los sistemas de protección. Más allá del trámite legislativo, lo que este debate pone en evidencia es una tensión persistente entre lo que establecen las leyes y lo que ocurre en la vida cotidiana de miles de familias, especialmente en contextos de vulnerabilidad.

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Bolivia no parte de cero. La Ley N° 548 ya reconoce el derecho de niñas, niños y adolescentes a vivir en familia y establece que la separación debe ser una medida excepcional. Sin embargo, la realidad muestra que este principio no siempre se materializa. La existencia de centros de acogida, la permanencia prolongada de menores en estos espacios y la constante presencia de casos de abandono reflejan que el problema no radica únicamente en la ausencia de normativa, sino en las condiciones estructurales que empujan a muchas familias a situaciones límite.

El abandono infantil no comienza cuando un niño es separado de su hogar. Comienza mucho antes, en escenarios donde la pobreza, la violencia, la falta de acceso a servicios básicos y la ausencia de redes de apoyo erosionan progresivamente las capacidades de cuidado. En comunidades rurales, en zonas periurbanas y en territorios alejados de los centros de decisión, estas condiciones suelen ser más profundas. La distancia geográfica se traduce también en distancia institucional: menos presencia del Estado, menor acceso a servicios especializados y escasa capacidad de respuesta ante situaciones de riesgo.

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En ese contexto, el énfasis de la nueva propuesta en fortalecer a las familias y priorizar el cuidado familiar frente a la institucionalización es, sin duda, un avance conceptual importante. Reconoce que el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes está profundamente vinculado a la estabilidad emocional, el afecto y los vínculos que solo un entorno familiar puede ofrecer. También incorpora estándares internacionales que buscan reducir la permanencia en centros de acogida y promover alternativas de cuidado más cercanas a la comunidad.

Sin embargo, el desafío no está únicamente en definir el modelo ideal, sino en asegurar las condiciones para que este modelo sea viable. Apostar por el fortalecimiento familiar implica mucho más que una declaración normativa. Requiere inversión sostenida, equipos técnicos capacitados, sistemas de acompañamiento psicosocial, articulación entre niveles de gobierno y, sobre todo, presencia territorial efectiva. Sin estos elementos, el riesgo es trasladar la responsabilidad a familias que ya se encuentran en situaciones de alta vulnerabilidad, sin brindarles las herramientas necesarias para sostener el cuidado.

Desde una mirada institucional y de trabajo en territorio, se vuelve evidente que la prevención sigue siendo el eslabón más débil del sistema. Las intervenciones suelen activarse cuando la situación ya ha escalado, cuando el daño ya está presente o cuando la separación se vuelve inevitable. La construcción de políticas públicas orientadas a la niñez no puede centrarse únicamente en la respuesta, sino en la anticipación. Identificar riesgos, acompañar a las familias, fortalecer capacidades locales y generar redes comunitarias de protección son acciones que deben estar en el centro de cualquier estrategia que busque reducir el abandono de manera sostenible.

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Este punto es especialmente relevante en contextos rurales y comunidades indígenas, donde las dinámicas familiares y comunitarias responden a lógicas propias que muchas veces no son comprendidas ni incorporadas en el diseño de políticas públicas. El cuidado no siempre se limita al núcleo familiar tradicional, sino que se extiende a redes comunitarias más amplias. Ignorar estas formas de organización puede generar intervenciones descontextualizadas que, lejos de resolver el problema, lo profundizan.

Al mismo tiempo, es necesario reconocer que la institucionalización, aunque no es la solución ideal, sigue siendo en muchos casos una respuesta necesaria ante situaciones de riesgo extremo. El desafío no es eliminar estos espacios, sino redefinir su rol, mejorar sus condiciones y asegurar que sean verdaderamente temporales. Reducir la institucionalización sin fortalecer las alternativas puede generar vacíos peligrosos en el sistema de protección.

El debate actual también invita a una reflexión más amplia sobre la corresponsabilidad. La protección de la niñez no es únicamente una tarea del Estado ni exclusivamente de las familias. Involucra a la sociedad en su conjunto: comunidades, organizaciones, instituciones educativas y actores locales que forman parte del entorno de desarrollo de niñas, niños y adolescentes. Sin esta mirada compartida, cualquier esfuerzo normativo corre el riesgo de quedarse en el papel.

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En este escenario, la aprobación de una nueva ley puede representar una oportunidad, pero no una solución en sí misma. Las normas son herramientas, no resultados. Su impacto dependerá de la capacidad real de implementación, del compromiso institucional y de la coherencia entre lo que se plantea a nivel nacional y lo que se ejecuta en el territorio.

Desde una perspectiva centrada en derechos, pero también en la realidad concreta de las poblaciones más vulnerables, el reto de Bolivia no es solo garantizar que niñas, niños y adolescentes vivan en familia, sino asegurar que esas familias tengan las condiciones necesarias para cuidar. Sin ello, el derecho se convierte en una aspiración difícil de alcanzar.

La discusión que hoy se abre no debería centrarse únicamente en la aprobación de una norma, sino en la construcción de un sistema que funcione. Porque proteger a la niñez no es solo evitar el abandono, es construir entornos donde el abandono deje de ser una posibilidad. Y ese es un desafío que va mucho más allá de la ley.

Por: Brian C. Dalenz Cortez


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