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BOLIVIA ARDE MENOS EN 2026, PERO ¿ESTAMOS ANTE UNA RECUPERACIÓN O UNA TREGUA AMBIENTAL?

octubre 26, 2026

Con una actividad del fuego considerablemente menor que en años anteriores, Bolivia atraviesa una temporada que rompe con las imágenes de devastación de los últimos tiempos. Sin embargo, detrás de esta reducción surge una pregunta fundamental: ¿qué cambió realmente y cuánto tardarán en recuperarse los bosques que ya fueron destruidos?

Bolivia llega a finales de octubre de 2026 con un panorama ambiental que contrasta notablemente con las temporadas de incendios forestales de años anteriores. En lugar de registrar una emergencia de alcance nacional comparable a las más devastadoras, los indicadores disponibles muestran una disminución considerable de la actividad del fuego. Es una noticia positiva para los ecosistemas, las comunidades y los equipos de respuesta, pero también representa una oportunidad para investigar si el país está fortaleciendo su capacidad de prevención o si las condiciones de este año simplemente han sido más favorables.

Según la plataforma de monitoreo ambiental XNatura, hasta el 15 de octubre de 2026 Bolivia había registrado 22.322 detecciones satelitales de fuego mediante el sensor MODIS. Durante todo 2025 se contabilizaron 37.434 y en 2024 se alcanzaron 213.064. Aunque los periodos de observación son diferentes y las detecciones no equivalen al número de incendios forestales, la plataforma reportó un dato especialmente revelador: entre enero y septiembre de 2026, la actividad del fuego estuvo un 64 % por debajo del promedio histórico de esos mismos meses entre 2003 y 2025.

Esta disminución también se refleja en Santa Cruz, uno de los departamentos más expuestos a los incendios forestales. Hasta el 23 de octubre, la Gobernación había reportado 42.337 hectáreas afectadas durante 2026. La cifra corresponde únicamente al departamento y no representa la superficie nacional quemada, pero permite observar una temporada relativamente menos destructiva que las registradas durante los episodios más críticos.

La pregunta es qué explica esta diferencia. El comportamiento de los incendios depende de una combinación de factores: la humedad de los suelos, la frecuencia de las lluvias, las temperaturas, la disponibilidad de vegetación seca y las actividades humanas que pueden iniciar o propagar el fuego. Una temporada con condiciones meteorológicas menos extremas puede reducir considerablemente la propagación de los incendios, incluso cuando las prácticas de riesgo y las debilidades institucionales persisten.

Al mismo tiempo, existen esfuerzos de prevención que merecen ser considerados. En Santa Cruz se han reportado trabajos de apertura de líneas de defensa, mantenimiento de anillos de protección y capacitación de bomberos comunales. Estas acciones contribuyen a la preparación territorial, aunque todavía sería necesario evaluar sus resultados junto con los factores climáticos para determinar cuánto explican de la reducción registrada en 2026. Atribuir todo el cambio a una sola causa sería apresurado.

Pero que Bolivia registre menos fuego no significa que sus bosques se hayan recuperado. La devastación de temporadas anteriores continúa teniendo consecuencias sobre la biodiversidad, los suelos y los recursos naturales de numerosos territorios. En 2024, por ejemplo, las estimaciones nacionales situaron la superficie afectada por quemas e incendios por encima de los 12 millones de hectáreas. Aunque 2026 muestra una situación diferente, las áreas dañadas durante aquel periodo todavía pueden encontrarse en procesos de regeneración.

La recuperación de un bosque no ocurre de manera inmediata ni puede medirse únicamente por el regreso de la vegetación verde. Investigaciones sobre la Chiquitanía boliviana han observado que determinados indicadores de cobertura vegetal pueden recuperarse aproximadamente en dos o tres años después de un incendio. Sin embargo, recuperar la estructura del bosque, su diversidad de especies y su capacidad de almacenar carbono puede requerir décadas y, en algunos casos, mucho más tiempo. Los plazos dependen del ecosistema, la intensidad del incendio, las condiciones climáticas y la frecuencia con la que vuelve a quemarse.

Esta diferencia resulta esencial para comprender el verdadero costo ambiental de los incendios. Una superficie puede mostrar nuevos brotes y señales de recuperación mientras todavía enfrenta pérdida de árboles maduros, alteraciones del suelo y cambios en las especies que la habitan. Además, cuando un territorio vuelve a incendiarse antes de completar su regeneración, el daño puede acumularse y reducir su capacidad de recuperarse naturalmente.

Por eso, 2026 debería aprovecharse no solo para reforzar la prevención de nuevos incendios, sino también para evaluar el estado de los ecosistemas afectados en años anteriores. La vigilancia ambiental, el control de quemas, el fortalecimiento de brigadas comunitarias y la restauración ecológica requieren continuidad incluso cuando disminuyen las emergencias. Una temporada favorable puede ofrecer mejores condiciones para desarrollar estas acciones, pero no garantiza que el riesgo haya desaparecido.

En departamentos como Santa Cruz y Beni, donde numerosas comunidades indígenas y rurales dependen directamente de los recursos naturales, la prevención adquiere también una dimensión social y económica. Los incendios pueden afectar los sistemas productivos, la disponibilidad de agua, la seguridad alimentaria y las condiciones de vida de las familias. Desde la perspectiva de Cecasem, fortalecer las capacidades comunitarias de gestión de riesgos y adaptación ambiental es fundamental para reducir estas vulnerabilidades y proteger los medios de vida.

Bolivia tiene razones para valorar la disminución de la actividad del fuego durante 2026. Sin embargo, todavía es pronto para determinar si representa una mejora estructural en la gestión ambiental o una combinación de circunstancias favorables que podría cambiar en próximas temporadas. Para responderlo será necesario contar con evaluaciones comparables, información meteorológica y resultados verificables de las medidas preventivas.

La principal lección de este año es que la prevención no debe depender de la magnitud de una emergencia. Bolivia puede estar ardiendo menos en 2026, pero sus bosques todavía necesitan tiempo para recuperarse y sus comunidades requieren protección permanente. El verdadero avance no será celebrar una temporada con menos incendios, sino conseguir que esa reducción se mantenga incluso cuando las condiciones vuelvan a ser adversas.

Por: Brian C. Dalenz Cortez


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