Una investigación de Iván Paredes Tamayo para Mongabay Latam revela la magnitud de los cambios provocados por décadas de minería aurífera en territorio indígena leco. En Tomachi, el río que antes proporcionaba agua, pesca y transporte presenta playas destruidas, acumulación de sedimentos y profundas alteraciones en su cauce.

El río Kaka ya no es el mismo que recuerdan los indígenas leco de Tomachi. Décadas de extracción de oro han transformado su cauce y sus riberas hasta dejar una huella que ahora puede medirse desde el espacio: la microcuenca que atraviesa esta comunidad perdió casi la mitad de su superficie de agua natural y acumuló más de 1.400 hectáreas de pozas vinculadas a la minería.
Los datos forman parte de una investigación de Iván Paredes Tamayo, publicada por Mongabay Latam, que recorrió el río y analizó junto con otros medios y científicos los cambios registrados en microcuencas amazónicas de Bolivia, Perú, Colombia y Venezuela.
En Tomachi, comunidad indígena ubicada en el municipio de Teoponte, las consecuencias se perciben directamente. Sus habitantes recuerdan un Kaka de aguas claras donde podían pescar, beber agua y desplazarse en embarcaciones. Hoy describen un río turbio, ensanchado y cargado de sedimentos.
La investigación Aguas Partidas, coordinada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), analizó 722 microcuencas de cuatro países, utilizando información de MapBiomas Agua y la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).
En la cuenca del Beni se estudiaron 164 microcuencas. Las 52 con minería ilegal registrada aumentaron 21,5 % su superficie de agua entre 2000 y 2024, pasando de 16.068 a 19.526 hectáreas. En contraste, las 73 microcuencas sin minería perdieron 17,2 %.
Pero ese incremento no significa que exista más agua disponible para las comunidades.
La investigación determinó que gran parte corresponde a pozas generadas por las operaciones mineras. En la cuenca del Beni desaparecieron casi 14.000 hectáreas de agua natural mientras surgieron aproximadamente 3.000 hectáreas de estas pozas.
El caso del Kaka es todavía más crítico. La microcuenca que atraviesa Tomachi y comprende sectores de los ríos Kaka y Alto Beni redujo su superficie de agua natural de 1.945 a 992 hectáreas, mientras aparecieron 1.454 hectáreas de pozas mineras entre 2000 y 2023.
Los números tienen una expresión visible sobre el terreno.
Mongabay Latam recorrió aproximadamente 17 kilómetros del Kaka entre Teoponte y Tomachi y documentó dragas, planchones y excavadoras operando en el río. La remoción del fondo desplaza arena y piedras hacia las riberas, modifica el cauce y genera acumulaciones de sedimentos.
José Cartagena, presidente del Comité de Agua de Tomachi, recuerda que cuatro décadas atrás podía encontrar pacú, surubí y bagres, además de beber directamente del río.
Hoy sostiene que hacerlo es imposible.
Otros habitantes describieron a Mongabay antiguas playas utilizadas para pescar, navegar y desarrollar actividades turísticas que actualmente están cubiertas por escombros, arena, lodo y piedras.
El cambio también modificó la navegación. Según testimonios recogidos por Paredes Tamayo, el Kaka habría pasado en determinados sectores de alrededor de 200 metros de ancho a entre 500 y 700 metros, mientras la sedimentación redujo la profundidad en otras zonas.
El deterioro denunciado por los habitantes no se limita a la modificación física del cauce.
Pobladores consultados por Mongabay reportaron presencia de residuos relacionados con mercurio, diésel y lubricantes utilizados durante las operaciones mineras. El investigador del CEDLA Alfredo Zaconeta explicó al medio que, además del mercurio, la explotación aurífera genera impactos mediante la remoción de arenas y posibles derrames de lubricantes.
Ana Lía Gonzales, especialista de RAISG citada en la investigación, explicó que contaminantes como el mercurio y los lubricantes pueden desplazarse por las cuencas, por lo que sus efectos potenciales no necesariamente permanecen en el punto donde se desarrolla la extracción.
La sedimentación representa otro problema. El aumento de partículas suspendidas y materiales depositados puede degradar hábitats acuáticos y afectar peces y otros organismos, además de modificar la morfología del río.
La actividad ilegal en el Kaka también ha provocado intervenciones de la Autoridad Jurisdiccional Administrativa Minera (AJAM).
Según la información proporcionada por la institución a Mongabay, en 2024 se presentó una denuncia ante el Ministerio Público por minería ilegal. Un operativo realizado en septiembre de 2025 encontró campamentos, maquinaria pesada y otros implementos en áreas sin autorización. Los funcionarios fueron atacados y tuvieron que retirarse.
En marzo de 2026, otro operativo realizado junto con la Armada Boliviana llegó hasta Mayaya, unos 30 kilómetros aguas abajo de Tomachi. Allí fueron decomisadas cuatro retroexcavadoras y un tractocamión, además de desarticularse dos campamentos mineros ilegales y destruirse infraestructura utilizada para la extracción aurífera.
Pese a estos controles, pobladores entrevistados señalaron que las actividades pueden reanudarse después de que las autoridades abandonan determinadas zonas.
Frente al deterioro del Kaka, los habitantes de Tomachi dependen ahora principalmente de dos arroyos que todavía conservan agua, según la investigación.
La comunidad mantiene vigilancia sobre estas fuentes y busca impedir chaqueos y actividades mineras en sus alrededores.
Roxana Pizza Tupa, presidenta del Pueblo Indígena Leco y Comunidades Originarias de Larecaja (PILCOL), manifestó que la comunidad pretende evitar que las quebradas sufran el mismo destino del río y planteó avanzar hacia su protección como reservas.
El objetivo representa también un cambio en la visión económica de Tomachi: habitantes plantean recuperar actividades productivas y turísticas mientras esperan que el Kaka pueda comenzar un proceso de recuperación.
Después de décadas de explotación, las playas destruidas permanecen incluso en sectores donde las operaciones mineras disminuyeron.
Para el pueblo leco, proteger los arroyos que todavía conservan significa impedir que se repita la historia del Kaka: un río que durante generaciones fue fuente de agua, alimento, transporte y vida comunitaria, pero cuyo cauce hoy conserva las cicatrices de la extracción de oro.
Por: Joel Poma Chura - Comunicación Cecasem

