Bolivia podría alcanzar un nuevo hito en el conocimiento de su biodiversidad antes de finalizar 2026. Investigadores especializados estiman que el país superará las 300 especies registradas de anfibios, consolidándose como uno de los territorios más importantes de América Latina para este grupo de vertebrados.

El país alberga una de las mayores diversidades de anfibios de la región, pero decenas de especies enfrentan riesgos que comprometen su supervivencia.
Actualmente se reconocen 292 especies de anfibios en el país, una cifra que refleja décadas de investigación científica. En 1990 se conocían apenas 112 especies; para el año 2000 la cifra había ascendido a 186, mientras que en 2014 se registraban 266. El crecimiento sostenido de los registros responde a nuevas expediciones, estudios taxonómicos y monitoreos realizados en distintas regiones del territorio nacional.
Esta riqueza biológica sitúa a Bolivia entre los países con mayor diversidad de anfibios del planeta. Se estima que alberga cerca del 9,7% de todos los anfibios neotropicales conocidos y ocupa el puesto 15 a nivel mundial en diversidad de especies.
Sin embargo, el avance científico contrasta con un escenario de creciente preocupación para los especialistas. La evaluación más reciente identificó que 80 especies de anfibios bolivianos se encuentran bajo alguna categoría de amenaza, mientras que otras 12 fueron clasificadas como Datos Insuficientes debido a la falta de información disponible para determinar su estado de conservación.
Entre las especies consideradas en situación más crítica se encuentran la rana gigante del lago Titicaca (Telmatobius culeus), catalogada En Peligro Crítico; la rana acuática de Sehuencas (Telmatobius yuracare), reconocida internacionalmente por los esfuerzos de conservación impulsados tras el hallazgo del ejemplar conocido como "Romeo"; y la rana marsupial de Zongo (Gastrotheca nebulanastes), una especie endémica de los Yungas bolivianos cuya distribución extremadamente limitada incrementa su vulnerabilidad.
Los investigadores advierten que la principal amenaza para estos animales continúa siendo la pérdida y degradación de sus hábitats. La expansión de la frontera agrícola, los incendios forestales, la ganadería extensiva, la construcción de infraestructura y los cambios en el uso del suelo afectan ecosistemas fundamentales para su supervivencia.
A ello se suman otras presiones como el cambio climático, que altera los patrones de temperatura y precipitación; la contaminación de ríos, lagunas y humedales; y la presencia de especies invasoras que modifican el equilibrio ecológico de los ecosistemas.
Uno de los aspectos más relevantes de la evaluación científica fue la incorporación de información actualizada sobre la quitridiomicosis, una enfermedad causada por el hongo Batrachochytrium dendrobatidis (Bd), considerada una de las principales causas del declive de anfibios a nivel mundial. La enfermedad afecta la piel de estos animales, un órgano vital para su respiración y regulación hídrica, y ha provocado disminuciones poblacionales en distintos países de América Latina.
Los Yungas y la Puna Norteña destacan como las regiones prioritarias para la conservación de anfibios debido a su elevado nivel de endemismo y a la presencia de especies que no existen en ninguna otra parte del mundo.
Más allá de su diversidad, los anfibios cumplen funciones ecológicas esenciales. Actúan como controladores naturales de insectos, forman parte de las cadenas alimenticias y son considerados indicadores biológicos de la salud ambiental debido a su sensibilidad frente a cambios en la calidad del agua, la humedad y la temperatura.
Los datos forman parte de la más reciente actualización del estado de conservación de los vertebrados bolivianos, presentada en el Libro Rojo de la Fauna Silvestre de Vertebrados de Bolivia. Los resultados muestran una realidad compleja: mientras la ciencia continúa descubriendo nuevas especies y ampliando el conocimiento sobre la biodiversidad nacional, también crece la necesidad de proteger los ecosistemas que garantizan su permanencia en el tiempo.
Por: Joel Poma Chura - Comunicación Cecasem

