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Una comunidad de la Chiquitanía aprendió a “leer el cielo” para decidir cuándo prohibir el fuego

septiembre 30, 2026

En Peniel, 45 habitantes utilizan temperatura, humedad, viento y días sin lluvia para calcular diariamente el riesgo de incendios. Un tablero artesanal convierte esos datos en decisiones sobre las quemas agrícolas y forma parte de una estrategia comunitaria surgida después de los grandes incendios que golpearon su territorio.

Foto: Clovis de la Jaille vía Mongabay Latam

Antes de encender fuego en una parcela de Peniel ya no basta con mirar el cielo y confiar en la experiencia. En esta pequeña comunidad de Roboré, en la Chiquitanía boliviana, los datos meteorológicos también tienen la última palabra.

Cada día durante la temporada crítica, Angélica Rivera mide la temperatura, la humedad, observa las condiciones del viento y contabiliza cuánto tiempo ha pasado desde la última lluvia. Con esa información determina el nivel de riesgo y mueve la aguja de un sencillo tablero de madera instalado en la comunidad.

Lo llaman el “riesgómetro”.

Verde, amarillo, naranja o rojo pueden determinar si una quema agrícola continúa según lo planificado, necesita medidas adicionales de seguridad o debe postergarse.

La experiencia, documentada por Mongabay Latam y Revista Nómadas, muestra cómo una comunidad que sufrió directamente los grandes incendios de la Chiquitanía comenzó a complementar sus conocimientos tradicionales con herramientas científicas para anticiparse al fuego.

45 personas tomando decisiones a partir del clima

Peniel ocupa aproximadamente 320 hectáreas y tiene apenas nueve familias residentes de manera permanente, unas 45 personas.

Rivera, de 30 años, es su delegada comunal de gestión de riesgos y bombera forestal voluntaria. Durante la época crítica realiza las mediciones al mediodía, cuando las temperaturas alcanzan sus niveles más elevados y la vegetación seca presenta mayor vulnerabilidad al fuego.

Para ello utiliza, entre otras herramientas, un anemómetro portátil Kestrel, con el que obtiene datos de temperatura, velocidad del viento y humedad relativa.

La información alimenta el Tablero de Riesgo de Incendio Forestal y se complementa con un calendario comunal de quemas.

Antes de la temporada, Rivera visita a las familias para conocer quién realizará un chaco, qué terreno pretende trabajar y en qué periodo espera realizar una quema. Las fechas quedan registradas y, cuando llega el día programado, las condiciones ambientales vuelven a evaluarse.

Si el riesgo es elevado, la planificación cambia.

“Si sale riesgo muy alto o extremo, está prohibido encender hasta un fósforo”, explica Rivera.

De esta manera, una decisión que antes dependía principalmente de la observación y experiencia acumulada incorpora ahora variables meteorológicas obtenidas directamente en el territorio.

El fuego de 2019 cambió la forma de proteger Peniel

El sistema tiene detrás una memoria dolorosa.

En 2019, los incendios forestales afectaron más del 60 % del territorio utilizado históricamente por las familias de Peniel, de acuerdo con la información recogida por las fuentes.

Las llamas avanzaron desde el norte, obligaron a evacuar familias y provocaron pérdidas de chacos, huertas frutales, vegetación y fauna. Dos viviendas también fueron alcanzadas.

El fuego volvió a amenazar seriamente a la comunidad en 2024.

Para Rivera, aquellas experiencias fueron determinantes para convertirse en bombera voluntaria. Su hijo creció observando temporadas en las que el humo cubría los cerros y respirar al aire libre se volvía difícil.

Pero los incendios también obligaron a la comunidad a cambiar su manera de prepararse.

Un pequeño pueblo situado en un “callejón de fuego”

La ubicación de Peniel aumenta su importancia.

Richard Rivas, coordinador de enlace de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), explica que la comunidad está asentada junto a un corredor donde los vientos cálidos y fuertes provenientes de las montañas pueden favorecer una rápida propagación de las llamas.

La zona ha sido descrita como una especie de “callejón de fuego”.

La dimensión del riesgo quedó expuesta en 2022, cuando, según la información proporcionada, un incendio llegó a avanzar aproximadamente 80 kilómetros en un solo día.

Peniel cuenta actualmente con ocho bomberos voluntarios. Su función no se limita a proteger viviendas y cultivos: la ubicación de la comunidad la convierte también en una primera barrera frente al posible avance del fuego hacia otros ecosistemas.

Según Rivas, si un gran incendio consigue atravesar este corredor, podría continuar hacia Ñembi Guasu, un área protegida indígena de más de 1,2 millones de hectáreas vinculada al ecosistema chaqueño.

Ciencia y conocimiento local para manejar el fuego

La experiencia forma parte del Sistema de Alertas Tempranas Comunitarias de Manejo de Fuego, impulsado por FAN Bolivia con respaldo de diferentes aliados.

La propuesta no busca eliminar completamente el uso tradicional del fuego, sino reducir el riesgo de que una quema agrícola termine convertida en un incendio forestal.

En Peniel, las familias continúan practicando el chaqueo en superficies reducidas, pero las quemas son planificadas.

Antes de encenderlas se realiza el denominado “callejoneo”: se limpia el perímetro de la parcela para crear una barrera que dificulte que las llamas alcancen el monte. Los bomberos comunitarios acompañan el procedimiento y se revisan las condiciones del viento.

Cuando una parcela ya está establecida, la comunidad evita utilizar fuego innecesariamente. La vegetación cortada puede permanecer entre los cultivos para descomponerse y aportar materia orgánica al suelo.

El sistema busca así combinar conocimientos acumulados durante generaciones con información meteorológica actualizada, en un escenario donde los habitantes perciben cambios en las lluvias, temperaturas y comportamiento del fuego.

A los 16 años ya monitorea el riesgo de incendios

La estrategia también está pasando a una nueva generación.

Emmanuel Weber Solís tiene 16 años y estudia en Chochís, aproximadamente a cinco kilómetros de Peniel. En sus fines de semana participa como bombero voluntario y delegado de gestión de riesgos.

Tenía nueve años cuando presenció los incendios de 2019.

Hoy trabaja junto a Rivera tomando mediciones, llenando planillas y utilizando el Kestrel. También consulta herramientas digitales para complementar el monitoreo meteorológico.

Durante los meses lluviosos las observaciones son principalmente preventivas. Cuando comienza la temporada seca, en cambio, las mediciones pasan a realizarse diariamente.

Los datos terminan nuevamente en el mismo lugar: aquel tablero de madera que cualquier habitante puede consultar.

Una experiencia que ya alcanza a otras comunidades

Peniel tampoco funciona sola.

Según Richard Rivas, el modelo de manejo comunitario del fuego impulsado por FAN se desarrolla actualmente en 10 comunidades indígenas y tres comunidades campesinas del municipio de Roboré.

Cada localidad cuenta con figuras encargadas de monitorear las condiciones y organizar la respuesta. Si un incendio supera la capacidad de Peniel, los comunarios pueden solicitar apoyo a cuadrillas de poblaciones vecinas como Portón y Chochís. Cuando la magnitud excede las capacidades locales, la emergencia es comunicada a la Unidad de Gestión de Riesgos de Roboré.

La estrategia funciona durante todo el año.

En los meses de menor riesgo se identifican zonas donde históricamente se originan incendios, se limpian caminos para facilitar el ingreso de equipos, se preparan líneas de defensa y se realizan capacitaciones. Después de una emergencia, el trabajo también puede extenderse a la recuperación de los medios de vida afectados.

Es una lógica diferente a esperar que aparezcan las llamas para comenzar a actuar.

Del recuerdo de las cenizas a la prevención

Peniel nació entre los cerros de Roboré y durante décadas sus habitantes aprendieron a observar el monte, los vientos y las lluvias para trabajar la tierra.

Los incendios demostraron que esa experiencia necesitaba nuevas herramientas.

Ahora, antes de decidir si una parcela puede quemarse, alguien mide el viento. Otra persona registra la humedad. Se revisan los días sin lluvia y una aguja cambia de posición sobre un tablero.

Puede parecer un mecanismo sencillo, pero detrás existe una transformación mayor: el fuego dejó de gestionarse únicamente cuando aparece una emergencia y comenzó a manejarse antes de que esta ocurra.

En una comunidad de solo 45 habitantes, Angélica Rivera y Emmanuel Weber Solís representan dos generaciones unidas por esa tarea.

Cada mediodía vuelven a medir las condiciones.

Y mientras la aguja permanezca lejos del rojo, Peniel continúa haciendo algo que después de los incendios dejó de dar por sentado: mantener su bosque en pie.

Fuentes de información: Mongabay Latam y Revista Nómadas.

Por: Joel Poma Chura - Comunicación Cecasem


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