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BOLIVIA, EL PAÍS DONDE CADA VEZ NACEN MENOS NIÑOS, ¿QUIÉN CUIDARÁ BOLIVIA DENTRO DE 30 AÑOS?

agosto 3, 2026

Hace apenas una generación, las familias numerosas formaban parte del paisaje cotidiano boliviano. En muchos barrios, comunidades y ciudades era habitual encontrar hogares con cuatro, cinco o incluso más hijos. Las escuelas ampliaban aulas para recibir a nuevos estudiantes, los patios rebosaban de niños y el crecimiento de la población parecía un proceso natural e inagotable. Hoy esa imagen comienza a cambiar silenciosamente.

No se trata de una percepción ni de una impresión generacional. Bolivia atraviesa una de las transformaciones demográficas más importantes de su historia reciente. Sin grandes titulares ni debates públicos, el país está teniendo cada vez menos hijos. Y aunque este fenómeno suele presentarse como un dato estadístico, sus implicaciones van mucho más allá de la demografía: afectan la economía, el mercado laboral, la educación, la salud, los sistemas de protección social y, sobre todo, la forma en que el país deberá prepararse para las próximas décadas.

Imagen generada por IA

Los datos oficiales muestran el cambio, pero no explican por sí solos sus causas. Según la Encuesta de Demografía y Salud 2023, presentada por el Instituto Nacional de Estadística (INE), Bolivia redujo su tasa global de fecundidad de 3,8 hijos por mujer en 2003 a 2,1 en 2023, alcanzando prácticamente el nivel de reemplazo poblacional. Paralelamente, los resultados del Censo 2024 confirman una transformación aún más significativa: la población menor de 15 años pasó de representar el 38,7 % del país en 2001 al 27 % en 2024, mientras que el grupo de personas mayores de 65 años continúa creciendo. La base de la pirámide poblacional se estrecha y Bolivia comienza, lentamente, a transitar hacia una sociedad más envejecida.

Sin embargo, detrás de esa transición no existe una única explicación. La disminución de los nacimientos responde a una combinación de cambios económicos, sociales, culturales e incluso ambientales que se han acelerado durante la última década.

Uno de los factores más visibles es la incertidumbre económica. Las nuevas generaciones ingresan al mercado laboral con mayores niveles de formación que sus padres, pero también enfrentan un escenario mucho más complejo. Obtener un título universitario ya no garantiza estabilidad laboral, salarios suficientes o la posibilidad de acceder a una vivienda propia. Para miles de jóvenes profesionales, formar una familia dejó de ser la siguiente etapa natural de la vida y pasó a convertirse en una decisión condicionada por la capacidad de sostener económicamente un proyecto familiar a largo plazo.

A ello se suma un fenómeno que comienza a instalarse con fuerza en el imaginario colectivo: la percepción de que Bolivia ofrece cada vez menos oportunidades de desarrollo. Durante los últimos años, el incremento de la migración de jóvenes hacia países como España, Chile, Brasil o Estados Unidos no responde únicamente a la búsqueda de mejores ingresos. También refleja la búsqueda de estabilidad, proyección profesional y condiciones de vida que muchos consideran difíciles de alcanzar dentro del país. En ese contexto, postergar la maternidad o la paternidad se convierte, para muchas parejas, en una estrategia antes que en una elección estrictamente personal.

Existe además un componente menos visible, pero cada vez más estudiado a nivel internacional: la incertidumbre ambiental. Sequías prolongadas, incendios forestales cada vez más intensos, pérdida de medios de vida rurales y desplazamientos internos están modificando las decisiones familiares en numerosas regiones. La Organización Internacional para las Migraciones ha advertido que los efectos del cambio climático ya influyen en los procesos migratorios y en la planificación de los proyectos de vida, especialmente entre poblaciones jóvenes y rurales. En Bolivia, comunidades afectadas recurrentemente por incendios, escasez de agua o pérdida de productividad agrícola enfrentan condiciones que obligan a muchas familias a migrar hacia centros urbanos o incluso al exterior, postergando decisiones como tener hijos.

Las transformaciones culturales también forman parte de esta ecuación. Las mujeres bolivianas permanecen más tiempo en el sistema educativo, participan cada vez más en el mercado laboral y construyen proyectos personales y profesionales que, en generaciones anteriores, eran mucho menos frecuentes. Lejos de interpretarse como una causa aislada, este cambio representa uno de los avances sociales más importantes de las últimas décadas: la maternidad deja de ser un destino inevitable para convertirse en una decisión consciente. El propio INE identifica que la reducción más marcada de la fecundidad se concentra entre mujeres de 15 a 34 años y que el nivel educativo guarda una relación directa con el número de hijos que tienen las familias.

Pero probablemente el elemento que une a todos estos factores sea uno solo: la incertidumbre sobre el futuro. Criar a un hijo nunca había sido una decisión sencilla, pero hoy implica responder preguntas que hace apenas veinte años tenían menor peso. ¿Habrá empleo? ¿Será posible acceder a una vivienda? ¿Existirán servicios de salud adecuados? ¿Podrá mantenerse una economía familiar estable? ¿Será un país seguro frente a la crisis climática, la inestabilidad económica o los cambios tecnológicos?

Por eso, reducir este fenómeno a una cuestión de preferencias individuales sería simplificar una realidad mucho más compleja. La disminución de los nacimientos no refleja únicamente una transformación en la manera de entender la familia; también funciona como un indicador de la confianza que una sociedad deposita en su propio futuro. Cuando una generación posterga o renuncia a tener hijos, muchas veces no está rechazando la maternidad o la paternidad. Está expresando, consciente o inconscientemente, sus dudas sobre el país en el que esos niños crecerán.

Y es precisamente allí donde la discusión deja de ser demográfica para convertirse en una pregunta de política pública: ¿qué condiciones debe ofrecer Bolivia para que las nuevas generaciones puedan proyectar su vida con mayor certeza? Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en que nazcan más niños, sino en construir un país donde formar una familia vuelva a percibirse como una posibilidad y no como una apuesta incierta.

Por: Brian C. Dalenz Cortez


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