Bolivia llega al 25 de noviembre con una herida abierta que ya no se puede ocultar. Las mujeres del país—en las ciudades, en la Amazonía, en la Chiquitanía, en el altiplano y en los valles—siguen cargando sobre sus hombros una deuda histórica que el Estado aún no sabe o no quiere saldar. Esta gestión 2025, marcada por inestabilidad política, crisis económica y abandono institucional, vuelve a recordarnos que la violencia contra las mujeres no es un problema sectorial: es un síntoma de un país que sigue sin entender que sin igualdad no hay futuro posible.

Los 71 feminicidios registrados hasta noviembre son solo la superficie más visible de un iceberg que crece bajo la sombra de la impunidad. Pero detenernos solo en esa cifra sería reducir la magnitud de la tragedia. La violencia contra la mujer en Bolivia comienza mucho antes del golpe más brutal: nace en la desigualdad estructural, se alimenta del machismo cotidiano y crece en el silencio de quienes aún creen que “exageramos”.
En política, por ejemplo, la deuda es evidente. Tras las últimas elecciones, Bolivia celebró la llegada de nuevas mujeres a la Asamblea Legislativa, pero las cifras revelan otra cara: más de 540 denuncias de acoso y violencia política contra mujeres desde 2016, según el Tribunal Supremo Electoral. La política boliviana sigue siendo un territorio hostil, donde muchas se sientan en un curul rodeadas de burlas, amenazas y presiones que buscan disciplinarlas. Incluso hoy, seguir siendo mujer y participar en política significa asumir riesgos que un hombre jamás enfrenta.
En la economía, la brecha sigue ensanchándose. Las mujeres continúan siendo mayoría en el comercio informal, no por elección, sino por falta de oportunidades reales. Siete de cada diez mujeres trabajadoras en Bolivia carecen de seguridad laboral, y muchas sobreviven entre la venta ambulante, los cuidados no remunerados y la maternidad impuesta por embarazos adolescentes—una problemática que tampoco da tregua en el país. La promesa de un empleo digno aún no se cumple.

La violencia en los hogares tampoco cede. Miles de mujeres viven atrapadas entre el miedo, la dependencia económica y un sistema judicial que sigue sin responder a tiempo. Cada año se registran más de 50.000 denuncias de violencia en la FELCV, pero solo una mínima fracción llega a sentencia.
No es falta de leyes. Es falta de voluntad, de presupuesto, de Estado.
En educación, las niñas siguen enfrentando barreras que los varones no conocen. Desde el acoso escolar hasta la desigual carga doméstica que recae sobre ellas, pasando por la deserción que aumenta en zonas rurales y amazónicas. Para muchas niñas de la Amazonía, la educación es un privilegio intermitente, si no inalcanzable. Ser mujer, ser niña y ser indígena es una triple desventaja que Bolivia aún no sabe corregir.
El territorio también duele. Las mujeres que viven en el Beni, en la Chiquitanía o en el altiplano enfrentan, además del machismo, la pobreza, la migración forzada, la contaminación por mercurio y el impacto de los incendios forestales que destruyen no solo ecosistemas, sino también proyectos de vida. La desigualdad ambiental también tiene rostro de mujer.
Sin embargo, pese a todo, las mujeres bolivianas no han dejado de luchar. Están en las calles, en los mercados, en las aulas, en las comunidades, en las asambleas. Están produciendo, estudiando, criando, resistiendo, denunciando. Están haciendo lo que el Estado aún no hace: sostener el país.
Por eso, este 25N no es un simple recordatorio. Es un grito.
Un llamado.
Un ultimátum.
A la sociedad civil, para dejar de mirar hacia otro lado, para romper pactos de silencio, para educar a sus hijos en respeto y empatía, para creerle a una mujer cuando pide ayuda.
Al gobierno, para entender que sin igualdad no habrá desarrollo, y que no se puede construir país mientras se ignora a la mitad de su población.
A la justicia, para dejar de ser un muro y convertirse por fin en un puente hacia la vida.
A los medios, para dejar de normalizar el horror y empezar a visibilizar la raíz de la violencia.
Y a cada boliviana, para recordarle que no está sola, que su vida importa, que su voz vale, que su lucha nos sostiene a todas.

Desde Cecasem, reafirmamos que nuestra misión no se detiene. Estamos en las comunidades más alejadas, acompañando, sensibilizando, formando y previniendo. Estamos donde la violencia golpea más fuerte, llevando herramientas, educación, apoyo y esperanza. Porque la defensa de los derechos de las mujeres no es un proyecto: es un compromiso moral.
Este país no puede fallarles otra vez.
No puede normalizar un feminicidio más.
No puede resignarse a la desigualdad.
No puede esperar al próximo 25N para reaccionar.
Que este día no sea un ritual, sino un acto de memoria y rebeldía.
Que cada mujer que camina, cada niña que sueña, cada familia que se educa, sea parte de la transformación que tanto nos urge.
Ni una menos. Ni una más.
Que la lucha no pare, y nunca pare.
Porque cuando una mujer vive sin miedo, Bolivia respira.
Por: Brian C. Dalenz Cortez – Comunicación

